miércoles, 23 de diciembre de 2009

Escenas de una realidad compleja

TEATRO › BALANCE DE LA TEMPORADA TEATRAL EN BUENOS AIRES

La ciudad volvió a hacer gala de una oferta teatral riquísima e inabarcable, que incluyó desde los conflictos de la clase media hasta las reflexiones sobre el peronismo, pasando por el cruce de disciplinas y la relectura de clásicos.

Por Hilda Cabrera y Cecilia Hopkins

Elaborar un balance sobre la escena de Buenos Aires sigue siendo una tarea compleja. Imposible abarcar tanta producción, aun cuando el teatro, como otras disciplinas artísticas, es todavía materia no contemplada con generosidad por la mayoría de los funcionarios y políticos a cargo del área cultural. Un dato entre otros ha sido el atraso en los pagos a los elencos del Complejo Teatral de Buenos Aires y la clausura de centros culturales por falta de reparación edilicia, producto de la desidia oficial. A pesar de estos descuidos, a los que se suma la lentitud en finalizar las obras del Teatro San Martín, dependiente del Gobierno de la Ciudad, y las también demoradas del Teatro Cervantes, del área de Cultura de la Nación, hubo continuidad tanto en la producción de obras como –en el caso del Cervantes– del programa federal que facilita el intercambio con las provincias. En ese contexto y en el de una violencia social que persiste, la escena supo expresar a través de algunas obras el atropello, la perplejidad y la incertidumbre, invitando a pensar a los más perezosos o sorprendiendo con una puesta o actuación.

Entre las destacadas figuran Medea, protagonizada por Cristina Banegas y dirigida por Pompeyo Audivert; Rey Lear, en la versión de Lautaro Vilo y Rubén Szuchmacher, bien actuada y con un Alfredo Alcón admirable en el estallido de su Lear; Los desórdenes de la carne, de Alfredo Ramos; El misterio de dar, de Griselda Gambaro, una interrogación sobre el desamparo donde la protagonista fue Adriana Aizenberg, dirigida por Laura Yusem; Invenciones, dramaturgia sobre textos de Silvina Ocampo en la que Marilú Marini atrapó con sabiduría escénica; Marat/Sade, del alemán Peter Weiss, en una creativa puesta de Villanueva Cosse; Ala de criados; sobre un revelador texto de Mauricio Kartun; Krapp, la última cinta magnética, de Samuel Beckett, retrato de un ocaso actuado por Walter Santa Ana con dirección de Juan Carlos Gené, a su vez intérprete de Minetti; y Grande y pequeño, del alemán Botho Strauss, con Ingrid Pelicori y Horacio Roca, artistas que, conducidos por Manuel Iedvabni, tradujeron los conflictos de personajes amenazados por la autodestrucción.

Más allá de si interesa o no que el arte refleje aspectos de la vida diaria, hubo piezas que transparentaron el embrutecimiento de las relaciones y la exasperación de los vínculos. Aun así no se escenificaron asuntos que golpean, en el sentido de obras como Sólo brumas, de Eduardo “Tato” Pavlovsky, quien fiel a su “teatro de estados” mantuvo en cartel este espectáculo estrenado en 2008, dirigido por Norman Briski e invitado a encuentros internacionales. Invitación que no es novedad en su caso, tampoco en autores y directores como Daniel Veronese, Rafael Spregelburd, Javier Daulte y Ricardo Bartís, quien mantuvo en cartel La pesca. Briski fue además uno de los artistas que estrenó más obras, como el premiado Julio Chávez, actor, director y autor de numerosas piezas breves.

El teatro de calle dio muestras de creatividad y organización (La Runfla y El Baldío, entre otros), en tanto el pionero y celebrado Grupo Catalinas Sur, de La Boca, no escatimó propuestas. El cruce de disciplinas se mantuvo en los espectáculos al aire de libre como en los de sala. Mezcla artesanal fue la que se vio en La sombra de Federico, de Eduardo Rovner y dirección de Adelaida Mangani y Hugo Urquijo, que incorporó el arte de los títeres. Del enlace entre actores y elementos audiovisuales nacieron piezas como Yo en el futuro, un trabajo sobre el tiempo y la acción de mirar que condujo Federico León; Tren, por el grupo Piel de Lava; y Travelling, con dramaturgia y montaje de Claudio Hochman, quien junto al elenco de La Arena incorporó técnicas de cine y video.

La atracción por los autores premiados en los circuitos comerciales del exterior abrió el camino a las convocantes Agosto. Condado de Osage, del estadounidense Tracy Letts, con Norma Aleandro, Mercedes Morán y un importante elenco dirigido por Claudio Tolcachir; Piaf, musical protagonizado por la excelente Elena Roger; y La forma de las cosas, del estadounidense Neil Labute (el mismo de Gorda), que dirigida por Daniel Veronese alertó respecto de la manipulación social e individual. El premiado Agustín Alezzo estuvo particularmente activo: puso en escena El rufián en la escalera, de Joe Orton, en una versión que alude a la inseguridad urbana; Cena entre amigos, de Donald Margulies (sobre los diferentes modos de concebir las alianzas matrimoniales), y Contrapunto, del británico Peter Schaffer, con interpretación de Pepe Soriano y Leonardo Sbaraglia. Un éxito del off Broadway, La noche que Larry Kramer me besó, de David Drake –sobre la lucha de los derechos gay–, se vio en formato multimedia, interpretado por Javier Van de Couter. Escrita por el húngaro Sándor Márai, El último encuentro reunió a Duilio Marzio, Hilda Bernard y Fernando Heredia bajo la dirección de Gabriela Izcovich. Juan Bosch fue rescatado por la dominicana María Isabel Bosch, creadora y protagonista de Contando a mi abuelo Juan Bosch, otro de los escasos espectáculos de la temporada que trasladó la narrativa al teatro, como también La venus de las pieles, adaptación de Claudio Quinteros de la novela de Leopold Von Sacher-Masoch. La poesía halló lugar en dos trabajos de Silvio Lang: Oratorio pagano, sobre poemas de Olga Orozco, y Nada de Dios, recuperación del universo de la poeta uruguaya Idea Vilariño.

Lo social se fue colando en piezas tan diferentes como Hogar, del británico David Storey, un montaje de Carlos Rivas sobre quienes se aíslan ex profeso para defenderse de los mandatos; El último fuego, de la alemana Dea Loher, dirigida por Ana Alvarado, expuso un inquietante punto de vista sobre la marginación y la delincuencia juvenil; Rosa mística, pieza de Ignacio Apolo, indagó sobre las víctimas infantiles de la violencia urbana; Resplandor, de Héctor Levy-Daniel y dirección de Anahí Martella, se refirió con toques fantásticos a la apropiación ilegal de los recién nacidos; y Fuenteovejuna 1476, con Nora Oneto y dirección de Omar Sánchez, rescató el papel de la mujer en tiempos de dictadura. Los exiliados y perseguidos fueron también materia del chileno Marco Antonio de la Parra, autor de Telémaco o el padre ausente, obra que dirigió Dora Milea y actuaron Patricio Contreras y Patricia Palmer.

Fuente de inspiración, el peronismo ocupó un lugar en Muñequita o juremos con gloria morir, de Alejandro Tantanian y dirección de Juan Carlos Fontana, obra a la que se sumó la visión de Daniel Santoro sobre la figura de Eva Perón. Ambientada en los años del primer peronismo pero en clave de comedia, Los desórdenes de la carne, de Alfredo Ramos, ironizó sobre las convenciones religiosas y sociales de las clases acomodadas. En otra línea, Perón en Caracas, basada en un texto de Leónidas Lamborghini, retrató al Perón de 1956. En Entrenamiento revolucionario, Gabriel Virtuoso elaboró una mirada prospectiva sobre el país, con un peronismo a punto de cumplir cien años en una Argentina subterránea y devastada.

La indagación histórica se hizo ficción en ¿Quién va a pagar todo esto?, retrato del ex presidente Arturo Illia presentado por Eduardo Rovner y actuado por Arturo Bonín; Guayaquil, de Pacho O’Donnell, con Rubén Stella y Lito Cruz; Ala de criados, de Mauricio Kartun, que apuntó a un grupo de señoritos veraneando en Mar del Plata mientras en Buenos Aires se producían las huelgas y represiones de la Semana Trágica; y Rodolfo Walsh y Gardel, de David Viñas. Los sueños desarticulados de la izquierda encontraron cabida en Angelito, obra que Roberto “Tito” Cossa estrenó en los ’90 y que esta temporada recobró Jorge Graciosi. Otro intento fue Una mañana sin sol, de Héctor Oliboni, dirigida por Rubens Correa. Bernardo Carey optó por analizar la manipulación de las noticias en Titulares, dirigida por José María Paolantonio.

La pauperización de la clase media fue motivo central en Tercer Cuerpo (segunda temporada). La dificultad de asumir la construcción de la identidad sexual en el laberinto de los mandatos y las restricciones familiares fueron reflejados en Lote 77, de Marcelo Mininno, y De hombre a hombre, del director Mariano Moro. Niños del limbo, de Andrea Garrote, mostró a una clase media enfrascada en su mundo y desinteresada de los vaivenes sociales. En Los Rocabilis y Amor a tiros, Bernardo Cappa aludió al mundo del rock y el ambiente policial para referirse en clave de comedia a las pérdidas y los fracasos. El choque de ideas en Cuestión de principios, de Roberto “Tito” Cossa y dirección de Hugo Urquijo, expresó el contrapunto entre un padre y su hija, así como en otra línea Caperucita (Un espectáculo feroz), de Javier Daulte, dio cuenta de la conflictiva relación de una abuela, su hija y su nieta. Sobre complejidades interpersonales trató también El regreso del Tigre, de Luis Agustoni, interpretada por Luis Brandoni y Patricio Contreras.

El humor acumuló títulos como Pequeño papá ilustrado, creación de Los Macocos; Club de las Bataclanas, sobre idea e interpretación de Mónica Cabrera; Crónicas de un comediante, de Manuel Santos Iñurrieta; y Así da gusto, espectáculo de la narradora Ana María Bovo, una de las más destacadas artistas en el género junto a Ana Padovani. Sobre mitos populares se vieron Tango turco, de Rafael Bruza, donde se pintó a los argentinos como pasionales, absurdos y grotescos; y Las asesinas de Gardel, de Lucía Laragione y Antonia De Michelis.

No faltaron las relecturas de clásicos. Daniel Veronese estrenó dos versiones de textos de Ibsen: El de-sarrollo de la civilización venidera (Casa de muñecas) y Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo (Hedda Gabler); Alejandro Maci dirigió una versión de La vuelta al hogar, de Harold Pinter; Francisco Javier hizo lo propio con Asesino sin salario, de Ionesco. Juan Carlos Gené y Carlos Ianni dieron a conocer una versión de Minetti, de Bernhard; Edward Nutkiewicz versionó Divinas palabras, de Del Valle Inclán, y Adrián Blanco dirigió Trans-Atlántico, de Witold Gombrowicz. El tiempo y los Conway, de J.B. Priestley, fue la obra elegida por Mariano Dossena para subrayar la pérdida de ilusiones familiares; y Alicia Zanca dirigió La cocina, de Arnold Wesker. Entre los clásicos nacionales Sangra-Nuevas Babilonias, versión de Guillermo Cacace sobre Babilonia, de Armando Discépolo; Nuestros padres, de Nayla Pose, inspirada en Barranca abajo, del uruguayo Florencio Sánchez; El reñidero, de Sergio De Ce-cco, una puesta de Eva Halac, y obras de José González Castillo y otros autores que dirigió Joaquín Bonet en un ciclo de sainetes presentado en la casona de Marcó del Pont.

Fuente: Página 12

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